Para celebrar aquella festividad tan aclamada por las multitudes, me fui al campo. Por un momento lamenté no haber llevado la cámara y el tripode, ya que en vez de ver fuegos artificiales nos quedamos a la luz de las estrellas. Fue bonito mirar en la infinidad del universo, y pensar cuántos kilómetros viaja la luz de las estrellas para luego reflejarse en nuestra mirada y como las estrellas fugaces desaparecen en milésimas de segundo, me hace pensar que es como la vida, cada segundo que pasa es irrepetible.
Hoy entregué en taller, espero pasar este ramo que hace sentir en mi antítesis terribles y amorosas, odio y placer, frustración e inspiración. Quién diría que en estas mentes tan locas puede existir un poco de objetividad. Es lindo ver los resultados después de mil trasnoches, aunque claro que el trasnoche es porque sigo siendo una pajarilla nocturna, es impresionante como mi mente se activa cuando la oscuridad roza las esquinas de mi habitación, pero supongo así será siempre.